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el periodico de saltillo
Julio 2017
Edición No. 341


La política, una “chamba” despreciable pero lucrativa

Adolfo Olmedo Muñoz.

Pasó el primer “round” y a pesar del ímpetu, de la codicia, del amplio catálogo de artimañas y marrullerías que instrumentaron las oposiciones al sistema, no lograron ganarle al PRI lo que se dio en llamar la “joya de la corona”, el gobierno del Estado de México, con lo que se configura un nuevo poliedro amorfo, galimatéico en su diálogo con un pueblo que no acaba por encontrar lo que quiere, dando validez a una frase que alguna vez halle como anónima, que reza: “Hay países donde el peor gobierno es siempre el existente”.

Por esta razón es que podemos adelantar que a pesar de ese triunfo, no se pueden “lanzar las campanas al vuelo” y pensar que todo está resuelto para “la grande”; la corona donde se engarce la “joya” recién obtenida. Sin embargo más cautelosos debemos ser por el hecho de que, al no ser una ciencia exacta, la política tendrá que, por “n” ocasión, que reinventarse en nuestro sui géneris sistema socio-político mexicano.

Sin perder de vista que no será únicamente el endémico lamento de una sociedad extraviada, la moneda de cambio con la que la oposición tratará de alcanzar sus triunfos, por sofisticados sistemas de manipulación, que ya se están usando, incluso a nivel internacional, mediante la irrupción en siste-mas de comunicación, supuestamente privados, eufemísticamente llamados “redes sociales”.

Un destacado político (y politólogo) español del siglo XIX, Antonio Cánovas del Castillo, nos ayuda a configurar nuestra visión sobre el posible futuro escenario de los acontecimientos políticos en nuestro país para el próximo inmediato, que se encontrará estimulado (hasta el paroxismo), por la lucha por la Presidencia de la Republica.

Él, nos ilustró con una frase muy elocuente, de lo que nos espera al señalar que: “Decir Política, equivale a decir ciencia de lo mutable, de lo relativo y contingente; ciencia sujeta en sus conclusiones prácticas al siglo, al pueblo, al momento en que su contingente arte se habrá de aplicar”

Sin embargo, yo no abandono la idea de que vuelva a resplandecer la política sustentada en ideologías, en tesis sociales, en propuestas de futuro, en una “ratio legis”, en un verdadero instrumento de las ciencias sociales para buscar nuevas soluciones a muy viejos problemas, lo cual equivale, en sentido inverso, a hallar o desenterrar viejas fórmulas para nuevas contrariedades.

Es obvio que las nuevas carreras políticas se han “abaratado” y que cualquiera (en términos de anonimato), escale varios puestos en breve tiempo a pesar de su crasa ignorancia, no sólo de la administración pública sino de los más elementales principios de humanismo y ciencias sociales, y de los más elementales preceptos de moral y ética. Esto último, aplicado al servicio público, porque en su ámbito personal, cada quien puede hacer con su curriculum varios papalotes.

Necesitamos hoy más que nunca, en este período de presunta calma “chicha”, exigir de los partidos la preparación de sus cuadros, como antaño lo hacía el PRI, desde el modesto orador en los planteles estudiantiles (aquellos honorables planteles) hasta el conocimiento profundo de nuestras leyes y los sistemas parlamentarios.

No había Senadores que no hubiesen transitado antes por la Cámara Baja. Senado al que motejaba incluso el pícaro ingenio popular como “El Colegio Cardenalicio”; como tampoco se improvisaban gobernadores que no hubieran tenido victorias en disputas electorales previas o haber mostrado habilidades intelectuales y administrativas en puestos importantes, incluyendo de manera cualitativa, el haber sido Senador de la República.

Antaño hasta los que les tocaba el papel de “villanos” eran mucho más honorables que la gran mayoría de los “hechizos” saltimbanquis que pululan actualmente, más como roedores depredadores que como servidores sociales.

Con frecuencia pongo como ejemplo de un destacado político, a un exsecretario de Gobernación, institución que equivalía en el siglo XIX en Francia, al Ministerio de Policía, posteriormente denominado Ministerio del Interior, siempre bajo la égida de un discutido pero histórico y ejemplar político llamado Joseph Fouché (1759-1820).

Guardando las distancias, creo que el trabajo de Fernando Gutiérrez Barrios, le haría mucho bien a la política en México. Al igual que en el caso de Fouché, no se trata de hacer una apología de la persona, sino porque ambos pueden ser conside- rados como “ejemplares perfectos del político”.

Según un biógrafo de Fouché, Stefan Zweig, la integridad política de Fouché, es porque era “un ser absolutamente inmoral”. Independientemente de las connotaciones que pudieran tildar el término “inmoral” en la época de Fouché (quien transitó por el período revolucionario en Francia, más tarde durante el imperio Napoleónico y de vuelta finalmente a la restauración de la monarquía), era porque ese personaje a quien hoy se le considera como el “Padre del espionaje” tenía bien deslindadas las barreras de lo jurídico y lo moral, entendiendo el primero como un ámbito de interrelación entre los ciudadanos de algún país o Estado, y el ámbito moral que atañe única y exclusivamente al mundo interior del individuo.

En otras palabras, no se tocaba el corazón para cumplir alguna encomienda en aras de la paz social de su tiempo, de por sí muy convulso, por razones de Estado. Algunos historiadores incluso han difundido, el mote que alguna vez se le impusiera a Fouché como “El Carnicero de Lión”.

Honorato de Balzac, escritor, autor de “La Comedia Humana”, en alguna ocasión expresó que fue Fouché un poder en la sombra, que sobrevivió a personajes como Robespierre o al propio Napoleón con quienes tuvo enconos.

Personajes como éste o como Charle Maurice de Talleyrand o y Nicolás Maquiavelo, deberán ser estudiados, no tanto para la aplicación de sus fórmulas o el émulo de ellas, sino para entender su científica preocupación y sus luchas por la adecuación de mecanismos políticos ante nuevos escenarios; su movilidad previsora o premonitoria, lo que implica estudios profundos sobre el comportamiento humano y sus consecuencias en diversos campos de una política que se le define como la lucha -o guerra- por el poder.

En esta lucha por el poder político (en ámbi- to oficial como el privado), hay comparsas que de una u otra manera han hecho un modus vivendi a través de la interconexión de la sociedad.

Lamentablemente, vivimos una época de exhibicionismo, de espectáculo, de mercadeo que ha permeado nichos antaño sagrados, como lo era la comunicación política, que se hacía a través de estudios e investigaciones serias, para hacer crítica, no tan sólo censura de los políticos y sus acciones. Hoy de forma por demás “snob” muchos “comen- taristas” de política buscan renombre a base de críticas a la ligera, en contra de las instituciones y de sus representantes.

La mayoría de ellos son respetables como entes pensantes, pero criticables por su pobre oferta de posibles soluciones, lo cual hace pensar que usan la tribuna pública tan solo para denunciar los supuestos yerros, pero más en espera de que las autoridades o instituciones, les llamen para que en lo privado, se conviertan en asesores con honorarios… considerables.

En los próximos meses, los políticos de dentro o fuera del sistema, tendrán que prepararse a fondo, pues creo que es tiempo de limpiarnos de la “mediocrecrasia” o “anodinocracia”.

Finalmente lo único que lamento es no poder proponer lo mismo para nuestros vecinos del norte, en aras del respeto a la Doctrina Estrada. Pero bien que le caería a los “USAnos” sacudirse del “monkey” que los gobierna, quien se viene peleando (con quién no), incluso físicamente, con los medios de comunicación de aquel país. Por menos de la abyecta conducta del tal Trump, cayó, por ejemplo, Richard M. Nixon; por caprichos, mató ese pueblo (el que eligió a Trump) a un gran hombre como JFK… Si la política en nuestro país está devaluada, la de los norteamericanos con su “monkey albino” a la cabeza, apesta.

Es tiempo de hacer reflexión sobre lo que le conviene a México volviendo los ojos a su idiosincrasia, a sus valores fundamentales y sobre todo a su esencia nacionalista.

 

 
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