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el periodico de saltillo
Septiembre 2017
Edición No. 343


Un viejo amor

Alejandra Teopa.

Algunos hombres hacen cualquier cosa por llevar a una mujer a la cama. Pero lo que más me sedujo fue su capacidad para decir mentiras.

La plática con mis amigas ya estaba en decadencia cuando sentí su mirada. Sentado a unas cuantas mesas me devoraba con los ojos y al devolverle la sonrisa reconocí un suave escalofrío de adrenalina recorriendo mi espalda. Hacía mucho tiempo que no me sentía así, observada, deseada, tal vez un poco acosada por esa mirada que me seguía hasta el tocador y de regreso a mi lugar.

Fue la segunda vez que me levanté cuando se acercó a invitarme a bailar. Por supuesto no acepté pero minutos después insistió y esta vez no encontré pretexto. Su seguridad me abrumaba, sus ojos me invitaban a escapar a otra parte y esa voz caballerosa que usan cuando quieren impresionar… Yo sabía que todo era parte del ritual de conquista sin embargo esa noche estaba dispuesta a dejarme llevar por la fantasía del príncipe.

Mis amigas se fueron y yo me quedé con él. La noche y sus palabras prometían aún mucha diversión. No se veía muy joven, más bien maduro pero nada en ese momento me hizo dudar que todo iría de maravilla. Bailamos largo rato y después pasamos al interrogatorio de rigor sin caer en cosas superficiales. Era socio de una firma de abogados, divorciado y sin mayores compromisos. Seguramente no todo era verdad. Demasiada formalidad para mi gusto pero bastante aceptable para esa noche.

Me recitó un poema de Béquer y dijo que yo era la mujer más hermosa que había conocido desde que se divorció. Desde luego no le creí pero agradecí los halagos. Ahora veo que debí haber notado algo raro pero mi ego había recibido la dosis de adulación que necesitaba y me dejé llevar.

Acordamos ir a otro sitio más tranquilo para seguir conociéndonos y en el camino nos detuvimos en una tienda de esas que están abiertas las veinticuatro horas. Me pidió que esperara en el auto. Pensé que se había detenido para comprar condones y – si era el caso – no quise apenarlo con mi compañía así que obediente esperé.

Cuando volvió traía en las manos un paquete más grande de lo que imaginaba. Sentí curiosidad pero la discreción me impidió preguntar. Antes de subirse compró un ramo de flores y me lo entregó con el típico “Flores para la más hermosa de las mismas”. Otra vez el halago me impidió percibir la cursilería. Además a estas alturas ¿Qué más daba?.

Depositó el paquete en el asiento trasero y partimos con la noche cuajada de promesas. Estuvimos en un bar de ambiente muy acogedor y romántico: las velas, la música, la champaña. Las mentiras fueron subiendo de tono y a esas alturas él ya me había convertido en una mujer idéntica a la modelo de un cuadro que tenía y que se ofreció mostrarme. ¡Qué original invitación!

Poco después nos encontramos cruzando la entrada de un hotel y entre besos y abrazos subimos la escalera que nos conduciría a mi noche de pasión. Pero apenas cerramos la puerta, la privacidad transformó a mi príncipe en lo que en realidad era. Entonces me di cuenta que había bajado el misterioso paquete y lo había traído con nosotros, lo dejó sobre la mesita auxiliar y después se quitó el saco y la corbata. Yo esperaba que se abalanzara tierna o apasionadamente sobre mí. – Estaba dispuesta a aceptar ambas posibilidades- pero en vez de eso se volvió a la mesita y de la bolsa de papel sacó una caja de leche, dos vasos y dos piezas de pan.

Estupefacta pregunté: ¿Qué haces?

Con tono desenfadado me respondió: Tomar leche. ¿Tú no meriendas antes de dormir?

En ese momento aparecieron los cincuenta y tantos años que tenía. Mi príncipe no era un hombre galante, cursi ni mentiroso no, simplemente era un hombre viejo.

 
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