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el periodico de saltillo
Diciembre 2016
Edición No. 334


Historia, gloria y tragedia del Valle de Derramadero

JABA.

El valle de Derramadero, hoy tan conocido por su parque industrial, posee una historia larga, más larga que la de Saltillo y sus 500 y tantos años de existencia. Ese valle de cerros pardos empieza donde cruza la carretera a Zacatecas con el camino ejidal que va a dar a General Cepeda. Un paso que comprende alrededor de cuatro pueblos grandes: Providencia, San Juan de la Vaquería, Derramadero, Santa Teresa de los Muchachos, hasta dar con General Cepeda.

Sus primeros años de auge serían a mediados del siglo XV, con los españoles que vinieron a buscar fortuna en la minería -Concha del Oro y Mazapil- en su mayoría vascos. El territorio entonces llamado Nueva Vizcaya era ocupado por indígenas que habitaban la región: tobosos, coahuiltecos y huachichiles, y había muchos conflictos armados que generaban pérdidas a la corona y a los caciques de la época.

Entre los conquistadores apareció Francisco de Urdiñola, mal llamado Marqués de Aguayo -título en realidad otorgado a su nieto- quien llegó a convertirse en un cacique poderoso, dueño de un extensísimo latifundio que comprendía desde Parras hasta más allá de Concha del Oro. Quien además promovió la actividad productiva -como la primera vinícola comercial de América en Parras-, propiciando así el asentamiento de los primeros pueblos de esa zona.

Siglos corrieron sin que nada importante pasara. Después de la Revolución hubo reparto de tierras en aquellos valles y se formaron colonias ejidales que recibieron apoyo de algunos gobiernos como parte de presupuestos al campo. La gente de esos lugares se dedicó a la agricultura, cría avícola y la ganadería.

Respecto a la fauna, todavía en los ochentas y noventas se miraban grandes grupos de perros de pradera, osos, gatos monteses y coyotes. Algunos riachuelos se formaban en temporada de lluvia y justo por un derramadero de agua que bajaba de la montaña es que lleva ahora su nombre: Derramadero.

En el gobierno de Flores Tapia a finales de los 70’s se construyó la carretera ejidal que va a dar a General Cepeda, y a mediados de los noventa ya estaba lista la infraestructura para el parque industrial, también mal llamado Valle de Chrysler -¿?-. Con una vía de tren anexa que cruza el Estado del sur a los Estados Unidos, la condonación de impuestos y uso de agua, entre otros incentivos, se volvió un atractivo punto de inversión.

Ahora que se han asentado industrias importantes y hay planes de un próximo aeropuerto, se ha vuelto tema en la agenda de gobiernos estatales y municipales. Sin embargo, poco se habla de la realidad que los habitantes de aquellos terruños viven. Una población históricamente campesina que fue convertida de la noche a la mañana en fuerza obrero-industrial.

El beneficio ilusorio -hay que decirlo- que trae una fuente de trabajo estable con las condiciones de ley -seguro y prestaciones- contrasta con la imposición de un nuevo estilo de vida -urbano- a una población rural sin proveerla de los conocimientos, la cultura y el contexto propicio para que esa transición se dé adecuadamente. Es decir, convertir a campesinos en obreros así nomás, es desclasarlos.

A más de una década de la primera armadora -Chrysler-, los hombres y mujeres han abandonado las labores rurales productivas y ahora se dedican a sus empleos en las plantas automotrices. Con todo y que se inauguró la Universidad Tecnológica de Saltillo -haciendo un sondeo-, el grueso de la población joven no tiene aspiraciones de continuar los estudios superiores. Una universidad que llegó unos quince años tarde, ya cuando la exigencia de mano de obra capacitada era más que inaplazable.

La producción agrícola ha venido a menos. Sobrevivieron algunas huertas nogaleras y han surgido invernaderos que traen cuadrillas de trabajadores del centro de México para que los atiendan. Como es sabido, está prohibida la creación de nuevos pozos de extracción de agua para la población, en contraste es el recurso casi regalado a las empresas que se instalan ahí. Una desigualdad flagrante.

Con una población local que se mira desanimada y desprovista de creatividad, ahora se respira cierto desprecio hacia el campo. La tradición se está olvidando rápido y es reemplazada por la de empresas que se llevan los mejores años de hombres y mujeres y que después los desechan por otros más jóvenes; costumbres suplantadas por programación televisiva farandulera que contrasta con una realidad de abandono al campo. Tradición remplazada por alienación.

Hoy que se habla de una posible “Ciudad Derramadero”, se debe alzar la voz de la cultura y la educación si se quieren tener bases sólidas para lo que viene. Pensar en brigadas de capacitación, de salud, centros culturales y deportivos, y en general el acercamiento del gobierno -y el erario- a una comunidad que luego de más de 500 años parece nacer. Tener muy en la mira que lo que se haga y cómo se haga hoy, determinará el destino de tantos mañana. ¿Se repetirá la historia de saqueo, abuso e improvisación que impera en la fundación de todos los pueblos latinoamericanos?


 
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