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el periodico de saltillo
Abril 2015
Edición No. 314


El Cañón del Jabalí

Rufino Rodríguez Garza.


Ir desde Saltillo y regresar de El Cañón del Jabalí, en la sierra de Parras, significa recorrer 480 kilómetros, de los cuales muchos de ellos son rústicos, otros caminos de mano de obra y también veredas de cazadores furtivos, pero con una característica en común: el mal estado de conservación.

Llegar a la boca del cañón es relativamente fácil, lo difícil y complicado es entrar al referido cañón, y ascender entre una maleza cerrada y espinosa, donde enormes rocas obstaculizan el movimiento y aún más el caminar cargados con el equipo de fotografía y el resto de la impedimenta, la que consta de cuadernos, cinta de medir, agua, algo de alimentos y otros implementos propios para andar por este largo y angosto cañón.

Es la tercera (y con suerte la última) vez que el sempiterno compañero de soles, lunas y desiertos, el Ingeniero José Guadalupe Flores Ventura y el que esto escribe que visitamos el sitio, todo para tomar fotos digitales y algunos videos de este fantástico lugar con pinturas.
El sacrificio vale la pena pues casi al final del cañón está el "tesoro": las pinturas rupestres que representan un MITOTE, pinturas bien conservadas, pues aún los vándalos citadinos y los cazadores no han maltratado los motivos pintados, lo que no quiere decir que no hayan dejado basura y plásticos a lo largo de este increíble lugar.

Aquí reina el silencio, los caminos y veredas no pasan por el cañón, están muy alejados, el silencio se ve interrumpido por el canto de las numerosas aves o el ruido producido por los aviones que surcan el cielo y se dirigen al norte, a Monterrey quizá.

Como es el inicio de la primavera, muchas plantas nos regalan sus flores y sus colores, vemos los nopales y los cactus con las primeras floraciones de esta temporada. Como hubo algunas lluvias en el mes de marzo, las flores de palma y las de las pithayas prometen un sabroso manjar en los meses de julio y agosto.

El Cañón del Jabalí, por lo mismo cerrado, angosto y alto, constituye un microclima. Gracias a la flora especial de estos lugares, en nuestro segundo viaje nos acompañó el estudioso de los nopales pero también de los agaves el bien recordado amigo Dr. Juan José López González (+) especialista en plantas del desierto; cuando Ventura y yo le comentamos que habíamos localizado el agave reginae victoria (reina Victoria), mejor conocido como “Noas”, de inmediato nos demandó que lo lleváramos a esa serrana localidad, pues esa planta, propia del desierto chihuahuense, se encontraba y se encuentra actualmente en peligro de extinción.

Recordemos que en Torreón tenemos un cerro con un monumento a Cristo al que se le conoce como Cristo de las Noas.

Aquí es donde se ven las albardas u ocotillos más altos y de tallo grueso o leñoso en comparación con la misma planta de lugares abiertos. El Dr. Juan José López tomó debida nota y elaboró el respectivo informe a su escuela, la Antonio Narro.

Llegar a los lugares con pinturas es toda una odisea. Salimos del campamento al amanecer, a las 6:30 de la mañana y caminando por arroyos y entre plantas espinosas se llega a la boca del cañón. Procedimos a recorrer a paso lento y espaciado el largo trecho, ya que Cronos nos reclama cada vez más seguido el paso de los años, y por lo intricado de terreno, llegando a la última estación con pintura cerca de las 10:30 de la mañana. Cuatro de camino, cansados y sudorosos, pero nos faltaba el último “escalón” formado por una pared casi vertical de más de 4 metros de altura, donde se escondía el largamente buscado “mitote”.

Esta palabra es de origen náhuatl que viene de mitotl... era una fiesta en la que se bailaba y cantaba. “Un mitote se celebraba con el acuerdo de los ancianos, quienes enviaban un don a la banda o bandas con las que se quería reunirse y que podía consistir en una flecha sin punta, algunas plumas de colores, una piel de venado, unas cabezas de peyote o una calabacilla adornada. Desde el momento en que el dirigente del grupo lo aceptaba el acuerdo estaba sellado” *

El sitio de El Jabalí es totalmente inapropiado para celebrar el mitote por lo lejano, lo difícil del acceso y lo reducido del mismo. El espacio se presta para ser considerado como un lugar sagrado, donde se realizaron ritos propiciatorios, lugar retirado en el que se provocaba a las entidades superiores para que ayudaran en la sanación de enfermedades o donde se ponía a prueba a los jóvenes en su tránsito a la edad adulta, o el paso a la sociedad de guerreros.

El sitio tiene vocación sagrada, de invocaciones, de privacidad. No era un lugar público, pero si un sitio con todo el misticismo que los nativos y sobre todo los chamanes tenían para sus eventos especiales.

En el inter se localizan tinajas con agua. La dureza de la roca permite que el agua se evapore lentamente, lo que ayudaba a la sobrevivencia de los chamanes en sus retiros periódicos para la realización de sus rituales en los lugares alejados y escondidos.

A lo largo de muchos años de exploraciones, no tenemos referencia de algún lugar con el acceso tan difícil y tan alejado de sitios de campamentos; visitar El Jabalí se convierte en toda una experiencia que difícilmente repetiremos.

* Mitote: El mitote o fiesta de algunas de las tantas tribus de cazadores-recolectores, que deambularon en busca del sustento diario. Los datos sobre el tema están tomados del libro: “Atlas de los indios de Coahuila”. Gobierno municipal. 2015





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