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el periodico de saltillo
Mayo 2014, No. 303


La colonización en el norte de la nueva España



Alfredo Velázquez Valle

Señala el Profesor Jesús Alfonso Arreola Pérez (1936-2010), en su monografía sobre el estado de Coahuila:

“Es incuestionable que la conquista política y económica, no sólo en Coahuila sino la Nueva España en general, no se habría llevado a cabo sin la conquista espiritual es decir, la rápida conversión masiva de los indios a la religión de los conquistadores”

El enunciado en sí parece correcto, pero si analizamos con detenimiento las afirmaciones expuestas, veremos que hay algo que no acaba de encuadrar en este juicio, que sobre la relación dialéctica de conquistados-conquistadores, existe.

En efecto, porque decir que el factor religioso sea piedra angular para la realización, la consumación de otro tipo de conquistas, es algo cuestionable, dudoso a la luz de los hechos históricos mismos. De otra manera, el ofrecer tan desmedida importancia a un factor que por sí solo, no posee el valor otorgado, obliga a revisar con detenimiento la relación siempre compleja de la causa y el efecto.

Las conquistas territoriales, fueron ante todo (al menos hasta la primera mitad del siglo XX) realizaciones militares, y éstas han sido impulsadas generalmente por la racionalidad (irracional) misma del sistema económico y político prevaleciente en cualquier época histórica.

Así, en la antigüedad clásica, las conquistas hechas por los grandes imperios poco se ocuparon por implantar como pre-requisito insalvable el dogma religioso a los pueblos conquistados.

Roma sometió a Palestina, pero sus dioses jamás pudieron rivalizar con el culto a Jehová y no por esto sus derechos y privilegios de conquistadora disminuyeron en lo más mínimo; antes bien, se reafirmaron hasta el absurdo.

La conquista militar de la península ibérica, por los musulmanes y que completó un largo sitio de ocho siglos, jamás destruyó la unidad cultural que unía a los reinos visigodos de España y Portugal.

Cosa distinta, es hablar del factor religioso como complemento valiosísimo en la reafirmación de la conquista realizada a través de la violencia de las armas de la guerra.

Ante todo, hay que comprender que en el complicado juego de las conquistas, hay factores cuyo papel, en ocasiones es secundario y/o dista de ser fundamental. La imposición de un orden económico social a través de otra imposición, como lo es la religión, no explica, más bien, confunde. Detrás de la imposición ideológica, está el argumento de las armas, de la tecnología al servicio del opresor.

Por lo que, sostener que fueron los sacerdotes de largas sotanas, cebados y torpes cuerpos, los que llevaron a cabo la tarea enorme que implicó la conquista de América, es salir simple y llanamente de la realidad, y situarlos en el reino de las especulaciones; más bien, instrumentos y beneficiarios de un sistema de mercados que se expandía de Europa al mundo, lograron servir y servirse de éste nobel modo de producción para su propio, particular engrandecimiento, económico por supuesto.

El natural de estas tierras, jamás renegó u olvidó sus creencias míticas, como tampoco negó su pasado para marginar a ambos, por una pretendida religión y “cultura humanista”, que en todo caso, no se presentó ante sus ojos ni peor ni mejor que la suya. Sin embargo, esto no influyó en el proceso de “consolidación natural” de la conquista.

En Julio de 1959, el psiquiatra martiniqués, Frantz Fanon, que vivió de cerca la ocupación militar de Francia sobre Argelia; escribía:

“…A partir de éste momento, los valores reales de los ocupados, pasa muy pronto a existir clandestinamente.
Frente al ocupante en ocupado aprende a esconderse, a ser astuto. Al escándalo de la ocupación militar, opone el escándalo del aislamiento.
Es mentira todo encuentro de lo ocupado con el ocupante”


Interesante, en particular, la última de las afirmaciones hecha por este hombre que vivió y conoció a fondo el fenómeno de la dominación general, no en las aulas de las Universidades occidentales, sino en las entrañas mismas de un pueblo dominado, jamás imaginado.

Así, volviendo al noreste mexicano del siglo XVI, “la rápida conversión masiva” de aquellos aborígenes resulta cuestionable, desde la evidencia misma de los hechos históricos. Efectivamente, la sustitución de un bagaje cultural heredado por generaciones por otro radicalmente distinto, en un periodo de tiempo relativamente corto, es un absurdo.

Volviendo a Fanon:
“la palabra no se recibe, ni se descifra, ni se comprende, sino que se rechaza. Jamás entra en juego la comunicación, ésta es imposible, ya que la apertura de sí mismo frente lo otro, es algo que está orgánicamente excluido de la situación colonial.”

Es importante insistir en ello: el fenómeno de la conquista española en América, no significó un triunfo total y absoluto sobre el sometido; el relato simple, ingenuo, no debe ser óbice para una explicación científica, racional del hecho reseñado; con regularidad, se presupone, por simpleza, una sucesión de hechos, que a todas luces, no guarda relación alguna con procesos históricos que fueron complejos en su desenvolvimiento.

En todo ello, los hechos históricos, dan testimonio; y, si Palestina o España, no bastasen, Fanon, nos da su propio testimonio de lo vivido en Argelia; afirmemos pues, que la conquista militar, del territorio argelino por el imperio francés, en 1830 – 1950, no fue garantizada tanto por las instituciones y costumbres occidentales como por la bayoneta y el capital.

Las conquistas son brutales y anti-humanas (no entrañan simpatía sino rechazo del sometido al opresor, dirá Fanon); el proceso de asimilación, o conversión del oprimido a las costumbres de su explotador, no es más que marginal, y consume una gran cantidad de tiempo para impregnar la superficie de la cultura sometida.

Es precisamente en éste punto, donde hay que marcar la diferencia entre conversión masiva y rápida e influencia contradictoria, lenta y marginal, y señalar, con toda su significación, que la transmisión de valores culturales, tan arraigados, como son las prácticas mítico-religiosa y las costumbres, no pueden implantarse o transmitirse de manera mecánica, automática y total. En otros términos, someter no implica integrar, o al menos, como frecuentemente, lo ha presupuesto él ocupante.

En el norte mexicano, está supuesta “rápida, profunda y total conquista” disto mucho de ser así; los objetivos de la conquista española, tan bastos y avasalladores, como parece ser que fueron, implicaron, en tal caso, el exterminio del nativo o, la coexistencia con formas disímiles de pensar, de aquellos que no lograron someter ni con la espada ni con la cruz.

El indígena norteño entregó su vida antes que aceptar el dogma católico y/o los administradores ibéricos. Es falso suponer una integración masiva de las comunidades autóctonas indígenas, ya que éstas, mucho antes de iniciar el siglo XIX habían desaparecido del panorama geopolítico coahuilense, y no precisamente por acoplamiento ó integración a las comunidades y organizaciones hispanizadas de misioneros, oficiales, tropas y tlaxcaltecas.

El exterminio de estas comunidades nómadas, y semi-sedentarias inició en el momento mismo en que llegaron los primeros “civilizadores”, allá por 1570 y no terminó sino hasta cuando la resistencia de aquellos fue inofensiva o totalmente nula.

Quien quiera hablarnos de proceso graduado, sin contradicciones, rápidos, pacíficos y armónicos de integración o conversiones absolutas, desconoce, simplemente la psicología del oprimido, y las leyes generales de la dialéctica materialista; ofreciendo con esto, panorámicas históricas, acartonadas, lineales, poco entendibles y rígidas, por no decir dogmáticas.

Por otra parte, es urgente la necesidad de toda una nueva re-interpretación y re-valoración de los hechos históricos mismos, para comenzar a comprender (y terminar reivindicando), entre muchas otras cosas, al verdadero indígena, su verdadera imagen, su verdadero rostro; aquel nativo, que escondido, intencionalmente tras los pliegues del telón del discurso racista del opresor, requiere otra mirada, otro enfoque con el cual ser visto, aún si en ello, se tenga que prescindir de lo que hasta ahora se tiene por verdadero.

Al respecto, hay todavía mucho por descubrir y mucho por re-escribir al grado, estoy seguro, de que la imagen que se nos ha presentado de nuestra historia regional actual (tradicional) habrá de cambiar en no pocos de los pilares fundamentales que la sostiene.

 
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