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Abril 2012
Edición No. 278
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Rodolfo Gaona Jiménez, consumador
de la independencia taurina en México (II)

Alberto Santos Flores.

Una vez llegado a Madrid (febrero de 1908) en compañía de su maestro Saturnino Frutos “Ojitos”, y después de saludar a quienes lo fueron a recibir a la estación del ferrocarril, emocionado se va en busca de sus amigos para saludarlos, pero sobre todo para presentarles a Rodolfo Gaona quien había sido su discípulo más aventajado de la cuadrilla juvenil que él mismo dirigiera en León, Guanajuato, y que constituye el antecedente de la primera escuela taurina de México.

Allí donde Gaona asimiló los secretos de la lidia, toreando las primeras novilladas en León, el Bajío, Puebla y por primera en la ciudad de México, el primero de octubre de 1905, acontecimiento por el cual muy pronto se destaca de sus demás colegas. Por su elegancia clásica, que ya apuntaba en su manera incipiente de ejecutar las suertes del toreo en los tres tercios de la lidia, con gran estilo y con variado repertorio tanto de capa como con la muleta, y si a eso se añade la facilidad y gracia al clavar las banderillas por lo que no resulta extraño que en poco más de dos años en su época de novillero en México, Gaona participara en más de 122 corridas, y el ofrecimiento de la alternativa por parte de la empresa de la plaza del Toreo en la ciudad de México con condiciones ventajosas para el diestro, las cuales rechazó por el afán de doctorarse en la mismísima plaza de Madrid.

Con esta tarjeta de presentación llegó Saturnino ante el empresario de la plaza madrileña, don Indalecio Mosquera.

Los relatos que a continuación se narran fueron tomados del libro “El Maestro de Gaona” del destacado escritor taurino don Guillermo Ernesto Padilla.

Ya ante él, Saturnino, tras un breve preámbulo, pidió al empresario una corrida en la que su discípulo tomara la alternativa.-¿Quién es su discípulo?, inquirió Mosquera. El mexicano Rodolfo Gaona, contestó con aplomo “Ojitos”. -¿Rodolfo qué? Yo no le había oído mentar nunca.

Veamos como refiere Gaona este hecho:
“Ya habían llegado los toreros que hicieron la temporada en México y que habían visto y pregonaban lo que yo sabía hacer. Había llegado también la prensa de México, que hablaba de mis éxitos. Y don Indalecio decía no saber quién era yo. ‘Ojitos’ amainó. Pidió algunas novilladas y, si la cosa bien, entonces que me dieran la alternativa. Pero el gallego no quiso darme toros… Ahí lo que se necesitaba eran relaciones, dinero y saber dar coba, y nosotros no teníamos de eso”.

Continua el escritor Padilla… los días de la semana transcurrieron sin que el empresario madrileño se ablandara, maestro y discípulo comenzaban a desesperarse ante el fantasma de un regreso a México sin que Rodolfo hubiese actuado siquiera una sola vez en ruedo español. Cuando toda esperanza de un contrato en la catedral del toreo quedó disipada, “Ojitos” concibió la idea de organizar una encerrona de invitación en la que Gaona lidiara dos toros en privado. Sería en una plaza modesta, pero ante una selecta concurrencia. Asistiría la prensa, toreros, ganaderos y los taurinos más connotados de Madrid. Acaso aquello fuera la salvación.

El proyecto era audaz casi suicida porque el muchacho se lo iba jugando todo en una sola carta. Esto da idea de la circunstancia por la que atravesaban mentor y alumno; pero también de la enorme confianza que “Ojitos” tenía en Rodolfo.

Redondeando el plan, Saturnino se lo comunicó a Gaona para pedirle su parecer: -¿Te atreverías Rodolfo? -¡Ahora mismo, señor! Todo, cualquier cosa menos regresar a México sin haber toreado aquí.

El leonés, dos meses sin ponerse delante de un toro, con el natural desconocimiento del ganado español, lejos de su patria e ignorado en España, se decidía a enfrentar aquella prueba ante la crítica más conocedora, severa y exigente del mundo. Y eso, visto desde cualquier ángulo ¡era una hombrada!

El proyecto estaba redondeado, pero las posibilidades económicas para sufragar los gastos que originara la fiesta, eran nulas, pues los ahorrillos llevados de México estaban a punto de extinguirse. En momentos de agobio como aquel era cuando la mente de “Ojitos” volaba hacia León en busca de su eterno salvador, don Manuel Malacara, para demandarle su ayuda. Nervioso, pero lleno de esperanza, Saturnino envío a don Manuel una extensa carta informándole de la situación que él y Rodolfo estaban viviendo en Madrid, la que le orillaba a organizar una encerrona de invitación para poder dar a conocer a su discípulo en la capital española. Al final de la epístola, solicitaba de su amigo un préstamo de trescientos pesos.

Saturnino, seguro de recibir aquel dinero, alquiló la plaza de Puerta de Hierro, en las goteras de Madrid; adquirió dos toros de la vacada de Bañuelos y mandó imprimir unas invitaciones.

La tarde del miércoles 1 de abril de 1908, en un ambiente de curiosidad, más que de interés, el vetusto y pequeño coso se vio pletórico de gente importante del mundo taurino, pues allí se dio cita la crema y nata de la afición madrileña. Destacados críticos, toreros, ganaderos, apoderados y muchos aficionados. Ese fue el jurado ante el cual Gaona sustentó examen aquella tarde. ¡A ver qué otro torero mexicano o de cualquiera otra nacionalidad ha pasado por una prueba como ésta!

Rodolfo, vistiendo ropilla que más que traje corto le daba una apariencia de seminarista pobre, causó una grata impresión entre tan selecta concurrencia. Su serenidad, tranquila valentía y maneras clásicas, le granjearon desde el primer momento la simpatía de aquel público. Lamentablemente las malas condiciones de los toros impidieron que el muchacho leonés desarrollara su toreo todo arte, elegancia y armonía.

El público abandonó complacidísimo la placita de Puerta de Hierro; los toreros preocupados, comentaban muy por lo bajo: “Menúo niño, la de moños que va a quitá”. Por lo que hace a la prensa, ésta sólo tuvo elogios para la actuación del discípulo de “Ojitos”.

Sólo el ex torero, Luis Mazantini, discrepó de las anteriores opiniones, pues cuando cierto periodista le pidió su parecer acerca del mexicano, exclamó en tono pontifical: “¡Nada!, ¡nada! ¡Que de una india jamás podrá nacer un torero!”.

En la próxima entrega: Su alternativa, su primera temporada en España, su regreso a México como héroe, corrida del centenario de la independencia 1810, Carranza prohíbe las corridas, la elegante Gaonera, como fue que se enamora de Carmen Ruiz Moragas de deslumbrante belleza y talento artístico la cual comparte sin saber, con el rey Alfonso XII y se convierte en blanco de todas las burlas de sus malquerientes. Otros amores menos malos, su regreso corrida del centenario de la consumación de la indepen- dencia en 1821 y otros aspectos de su vida taurina

En la espuerta: la comisión de administración pública local de la asamblea legislativa del Distrito Federal (ALDF) aprobó el dictamen que prohíbe las corridas de toros en la capital del país, (falta que lo apruebe el pleno). Consideran que la tauro- maquia representa tortura para el animal, pero no consideran crueldad el matar a un niño en el vientre de la madre al permitir el aborto. PENDEJOS.

 
asantosr@hotmail.com
 
 
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

     
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