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Abril 2012
Edición No. 278
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Grandeza Rioja


Alberto Dallal*

Pilar Rioja llenó de nueva cuenta la Sala Miguel Covarrubias del Centro Cultural Universitario. Al finalizar su presentación fue ovacionada, impelida, como en los mejores tablados, a continuar bailando, improvisando faenas que ella ya se sabe como nadie en el mundo, resolviendo estructuras, colocando inventos en el espacio mientras, al fondo, dos cantaores excepcionales, un manipulador del cajón (percusionista), el guitarrista Marco Núñez y su guitarrista de cabecera, el limpio y exacto José Luis Negrete, le sirvieron de marco musical.

El flamenco llegó a México firmemente durante el siglo XIX y se quedó. Como otras formas de danza folklórica, se aderezó de lo mexicano, de lo americano, sin abandonar nunca lo español, e hizo el viaje de regreso. Como le ocurrió a otras formas de danza folklórica, con sus músicas y sus pasos y rutinas: regresaron para enriquecer las danzas y bailes de las campiñas de variados países europeos. El flamenco quedó como un todo, como pintura del acoso, amor colectivo, del ruido, del taconeo, de las castañuelas y de la música: los solos del cantaor bailan con la guitarra; asimismo, incluyó esos movimientos drásticos, alargados, de manos y dedos, el braceo, el serpenteo de la cadera. En México, hasta que aparece Pilar Rioja, el flamenco "se le dio" de manera natural a ciertos varones impregnados de toreo y de entrega intensa, seca al espacio, un espacio suavizado así mediante sensibilidades americanas (¿procesiones americanas?): Roberto Iglesias, Manolo Vargas, Roberto Ximénez: brillaron espléndidamente por el mundo del flamenco.

La verdad es que uno se vuelve a convertir a la religión del flamenco cada vez que ve bailar a Pilar Rioja. Ella es buena para que cada uno de los espectadores comience a adivinar lo que hay en el fondo de los fandangos, por ejemplo: esa manera de "pelear" de la pareja (uno de ellos invisible, como fantasma, en el escenario), baile que habla de amor violento, pasional: el cuerpo que no cesa de ser en el espacio. Esa es la gran lección que impartió Pilar esa noche (19 de febrero de 2012): Pilar vuelve a sacarnos de quicio, a mí y al público, en la Sala Covarrubias. Un programa, sabia y serenamente compuesto, porque es una bailaora que se ha puesto a investigar, a perseguir con la mente, el cuerpo, la música y el movimiento (como en el toreo), un alma que se va desflorando en el espacio para espetarle al espectador sus intensidades (sin abandonar precisión, por momentos elegancia, poses, cierto jaleo, provocación).

La producción de los números en escena, perfecta, con las luces muy bien medidas, estudiadas, sutilmente lanzadas y ese vestuario que también Guillermo Barclay le ha diseñado a la diva durante muchos años y que en conjunto ha sido ya exhibido como verdaderas obras de arte en exposiciones ex profeso, a lo largo y ancho de la República. (En Torreón, donde Pilar tiene incluso estatua, y en Saltillo yo vi cómo la gente se quedaba mirando, admirando cada pliegue, costura, holán, recorte de tela… como si algún fantasma "vistiera" el elemento.) Vestuario ad hoc, elegante y a la vez sobrio, atractivamente funcional. Un vuelo invisible, gracioso e intenso como la danza española. En Oración del torero, de Turina, ese vestido rojo, prolongado en el suelo y el espacio, no sólo le cubre el cuerpo sino que se vuelve el compañero danzante, sobreponiéndose a la danza española y penetrando, fruto y evidencia, en la danza contemporánea (característica que Pilar ha aprendido a explotar, exportar, trasladar por momentos y por completo en varias de sus coreografías: al viajar de los tablados a los escenarios, se funda un nuevo mundo escénico sin cambiar las leyes esenciales, las "naturalezas" de tarantos, tientos, tangos, rumbas…).

La Farruca parece el monólogo, en el espacio, de un caballero. La bailaora, naturalmente, vestida de hombre, va siempre en línea recta, hace un descanso, prosigue. Cuerpo erguido, mirada concentrada, cadera estrecha. Taconeando, siempre toma la dirección correcta, directa, como debe ser lo que quiere decirnos. Como una mostración de grandes señores, campesinos o ganaderos. De la Edad Media hasta el Renacimiento. Se fueron afilando los dibujos, a partir de un suelo suavizado, el pecho en alto, la mirada en línea, la elegancia fijada en un punto lejano, talle helado, la estatua transformada en desplazamiento persistente, como incursión perenne en el mundo.

Los Fandangos (con guitarra y cajón) se deslizaron compactos, muy sólidos también, en el espacio: notas que intensifican las sensaciones en la piel y las conciencias. También bailó Pilar un Taranto y se ofreció el imprescindible Anda jaleo en que García Lorca sigue haciendo de las suyas desde la tumba.

Los cantaores Alfonso Cid y Lolo Jiménez se echaron de pie y en pleno camino escénico un dramático Martinete que se fue perdiendo (abrazados, compañeros) en el fondo del escenario. Cauda especial, sentida ovación.

La negra (de Guillermo Rodríguez), La habanera de los ojos cerrados (de Antonio Martínez Ares) y El carretero fueron el fin de fiesta en este equilibrado, bien producido espectáculo de flamenco. Debemos recordar que esas danzas brotaron del galanteo, el enfrentamiento amoroso e incluso de la autoexcitación. El dominio de sus intensidades lleva muchos siglos y muchos pueblos y comarcas de práctica y de manejos de manos, brazos, piernas y caderas. A veces el cuerpo de Pilar se vuelve serpiente. Ella sabe cómo hacerlo. Ondea. Y en su euforia (cuando la agarra la danza, el duende), también protesta en el espacio. El taconeo es un ruido medido pero el dominio que ejercen tarso, metatarso y dedos (a veces como en sordina sobre el suelo) es también un mensaje del talón para atraer indistintamente a muertos y a vivos, a cantaores, guitarristas y público. Los espectadores concentran su atención. Quien se deje y penetre en los secretos y las claves del taconeo… puede olvidarse de respirar.

Pilar Rioja sigue siendo la gran señora de la danza española en México y América Latina. Lo predican su garbo, su prestancia y rejuego con un espacio que se llena y transforma gracias a su figura, a sus figuras que, con ritmo y precisión, con sabiduría, van convirtiéndose en estatuas sucesivas, concretas, imágenes que se hacen, se asen al espacio: escenario, atmósfera, en fin, dominio. Y vinieron ciertos Tientos (que son tangos espetados al aire, aunque con sabiduría y rítmicas alusiones, primero, y aseveraciones, después, en las que Pilar acaba por subirse el vestido porque sus pies y tacones, en pleno dominio, se lo exigen).

Con el tiempo, Pilar Rioja ha convertido el zapateado en un golpeteo sostenido, tenaz pero a la vez suave, como si le llamara a alguien en el suelo, por instantes, subiendo la intensidad o el raspadeo a voluntad, regodeándose en un solo punto del escenario y después yendo en línea recta, como lío de dos (¿quiénes, el suelo, fantasmas, protestas con los tacones, búsquedas, nosotros?), y después zarandeando la cola del vestido que se halla todavía entre sus dedos. Su cuerpo no puede contenerse. Con el guitarreo y las voces de los cantaores (¿armonía para cunas, silbidos hacia dentro, súplicas?, cómo decirlo), Pilar va diciéndole adiós al espacio, y cuando está a punto de abandonar la superficie del escenario sobreviene el oscuro. Entonces admiramos su dominio, su sabiduría doble: bailaora-coreógrafa. El espectáculo se halla muy lejos de esos desgastes de improvisación, de locura, de exaltadas vivacidad y fortaleza de los tablados, cuando era joven. Pilar es ya la excelencia. Pilar, en sus viajes interminables y su ires y venires con el cuerpo, ha acabado por someter al mundo. Lo dicen los entusiasmados aplausos, el público concentradamente desgañitado. Como cuando uno percibe, pero no "sabe", una peligrosa amenaza. Lo siente uno cuando hay gritos junto a uno.

Cuando Pilar, como si despertara de un sueño, le responde al público (parece mirarlo, nacerlo por primera vez cuando termina la función, cuando agradece), entonces todos parecen decirle: yo quiero que me mires a mí. Que es el mayor gozo para una actriz o para una bailaora, quien sólo alcanzaba a percibir cuerpos y miradas, ojos que por brillar se desgastan en las sombras. Muertas las intensidades del espectáculo entonces sobreviene la búsqueda de ese milagro que terminó con el último telón. Y el público exige, proclama aún más. Y ella concede un poco más, desfallecida.

Es imposible saber si el flamenco, admirable e irritante a la vez, tiene orígenes árabes, judíos, gitanos. Su persistencia en el tiempo viene a ser prolongaciones de variados fenómenos: la pelea entre valientes, el toreo, la fiesta de los pueblos, el desgañite religioso, los resabios del "paseo", de la letanía, la caravana de fieles. Y si algún día han de terminarse los toros, la fiesta brava, sobrevivirá el flamenco con un mayor cúmulo de intensidades, siempre desconocidas, dudosas de su nacimiento. Imposibles de medir sin el elemento que inventó la danza: el cuerpo humano, ese cuerpo humano que disfrazado de racionalidad, de sabiduría, se enfrenta a las afrentas, acosos irracionales del toro, del amor o de la vida. Finura de lo popular, de lo común y corriente. ¿Del pueblo? La danza verdadera siempre es al mismo tiempo paraje de elegidos y de sacrificados. Rectitud del alma: lo que le ha quedado en la sonrisa a Pilar Rioja y se revela cuando va uno al camerino para saludarla, acabada la función.

Gran espectáculo de ésta, la señora, que podría cubrir de lleno, como lo ha hecho en el Repertorio Español de Nueva York durante años, una temporada completa.

 

* Crítico de danza. Investigador del Instituto de Investigaciones Estéticas, UNAM.
Inserción en Imágenes: 26.03.2012
Imagen del portal: Pilar Rioja.
Foto: Eduardo Rioja.

 
dallal@unam.mx
 
 
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

     
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